El Perú es un país que históricamente ha basado su desarrollo económico en las industrias extractivas, sobre todo en la minería; desde tiempos de las culturas pre incaicas la minería tuvo una presencia activa en sus actividades productivas, incluyendo un desarrollo tecnológico de metalurgia que permitió que actualmente sus productos sean admirados por la calidad lograda.
Según Alfonsina Barrionuevo en su libro “Mito, Leyenda, Historia: La Minería en el Perú”, es el arqueólogo Christian Makowsky quien tiene la versión más fresca sobre los inicios de la minería y la metalúrgica en nuestro territorio; así menciona que:
“En el panorama minero el arqueólogo Christian Makowsky ha descubierto hace poco que los más antiguos metalurgistas, que manejaron el cobre, fueron los pobladores de la Tablada de Lurín, en Lima. Les seguirían en antigüedad los anónimos moradores de Waywaka, paraje andahuaylino, en Apurímac, donde trabajó Joel W. Grossman. Ellos dejaron al lado de sus muertos finísimas escamas de plata adelgazadas con unos primitivos e ingeniosos martillos de piedra. Otros, que hicieron un trabajo parecido por el mismo tiempo, son los Chavín, quienes golpeaban las pepitas de oro hasta obtener unas láminas donde grabaron las facciones coléricas de sus dioses.” (1)
Luego de estas primeras presencias del uso del recurso minero por parte de nuestros antiguos pobladores, se detecta ya un uso un tanto más elaborado de los minerales por parte de la cultura Nasca, quienes modelaron vasijas y otros ornamentos de oro para actividades religiosas; por su lado los Tiawanaco y posteriormente los Wari, trataron tanto el oro como la plata. En una siguiente fase, tanto los Mochicas, los Chimus y los Vicus, emplearon ya técnicas de luminado, repujado, anillado y la fundición de minerales, además del esmaltado y la soldadura y el remache en los artículos de metal. (2)
En el imperio incaico la presencia de la minería tiene una significación mayor que en las culturas anteriores, pues si bien también está ligada íntimamente al uso litúrgico y suntuoso que se le dio a los metales preciosos, los volúmenes de producción se incrementaron considerablemente, pues primaba la cosmovisión incaica sobre el Dios Sol, relacionado directamente con el oro, y a la Luna con su contraparte con la plata; es así que cronistas como Poma de Ayala, Garcilazo de la Vega, Gutierrez de Santa Clara y Vásquez de Espinoza mencionan el esplendor que lograban los templos y otros edificios al ser recubiertos con láminas de oro y plata, ello además de los adornos en la indumentaria de las autoridades. (3).
Al respecto Garcilazo es citado por Barrionuevo:
“El oro, la plata y las piedras preciosas que los Reyes Inkas tuvieron en tanta cantidad, como es notorio, no fueron de tributo obligatorio, porque no lo tuvieron por cosa necesaria para la guerra ni para la paz. Solamente lo estimaban para ornato y servicio de las casas reales y templos del Sol”. (4)
Ello demuestra pues, que el uso de los metales preciosos tenía un uso restringido a su componente de decoración y de culto, por lo que su valor de intercambio era prácticamente nulo
Esta mayor demanda de metales preciosos motivó a que se promoviese la mayor explotación, tanto de oro como de plata; y de alguna manera se desarrollase una producción minera, principalmente de minas con vetas ubicadas en socavones poco profundos, y en lavaderos de oro.
La llegada de los españoles marca un punto de quiebre en la historia de la minería en el Perú, puesto que los metales preciosos incorporan su valor fiduciario y se insertan al comercio internacional. Lo mencionado es postulado por Carlos Gálvez Peña en el libro Historia de la Minería en el Perú, de la siguiente manera:
“La conquista española de América tuvo como uno de sus móviles más importantes la obtención de metales preciosos. El hombre europeo de fines del siglo XV, inmerso en la mentalidad y concepción mercantilistas de su época, consideraba la acumulación de oro y plata como el sustento de la riqueza de una sociedad y el logro de este último fin inspiró las expediciones de reconocimiento y conquista más allá de las fronteras del viejo continente desde la segunda mitad de la decimoquinta centuria.” (5).
Conocida la historia, una vez depuesto Atahualpa, se inicia uno de los saqueos de oro y plata más célebres en la historia universal; es así que tanto templos como tumbas son violentadas y despojadas de la parafernalia de gran valor que contenían; estos objetos que fueron fundidos para ser transformados en barras y monedas. Acabado el saqueo, los conquistadores procedieron a la búsqueda de las minas de donde provenían los minerales valiosos, dándose inicio a una etapa de explotación de minas que inicia la historia negra de la minería en el Perú.
Según Alfonsina Barrionuevo, es en 1540 que se inicia la explotación de la primera mina por parte de los españoles, denominada Qolque Pokro, en el Alto Perú, y es donde se acuña la más antigua moneda peruana. Es sin embargo con el conocimiento de la existencia de un “cerro de plata” denominado Potosí en el año 1545 que la producción minera toma mayores dimensiones. Sobre ello Gálvez Peña menciona lo siguiente:
“La gran minería desarrollada en el Perú durante la época colonial adquiere carta de ciudadanía a partir del descubrimiento del asiento del “Cerro Rico” de Potosí en 1545. Empero, Potosí representa al mismo tiempo el final de la búsqueda del tesoro del conquistador y la madurez y formalización de la de la historia minera peruana. Llegar a “Cerro Rico” y crear la imagen histórica de la bonanza de los minerales peruanos, no habría sido posible si las ansias mineras no hubieran seguido la ruta de antiguos circuitos de explotación establecida desde tiempos prehispánicos, y transitada por los recién llegados a partir de 1532 con la ayuda de los “mineros naturales”. Esta etapa de exploración, y también –en la mayoría de los casos conocidos- de indecisa explotación, define los inicios de la minería peruana”. (6)
Otros dos puntos interesantes en esta primera etapa de la industria minera en el Perú, y que lamentablemente inician la mala imagen de la minería por sus pésimas prácticas de seguridad ocupacional, son, en primer lugar, el descubrimiento de las minas de oro de Santa Ana de Carabaya, lo que provocó la llamada primera fiebre minera de nuestro país. Menciona Gálvez Peña que desde 1538 hasta 1550 se extrajeron más de 1. 7 millones de pesos de oro de una calidad que iba más allá de la ley conocida hasta entonces. Sobre la explotación de las minas de Carabaya Gálvez Peña escribe:
“Las minas de oro de Carabaya, ubicadas a baja altitud, empezaron a ser trabajadas con mano de obra nativa con la trágica consecuencia de que la población indígena se diezmó fuertemente por lo cálido y enfermizo del clima, así como por las duras condiciones de trabajo ya que se trataba de un conjunto de lavaderos a orillas del río del mismo nombre.” (7)
El segundo acontecimiento, que también tiene similares características de mayor producción y maltrato a la mano de obra, se da con el descubrimiento de las minas de azogue en Huancavelica, lo que permitió dinamizar la producción de plata del Alto Perú, pues hasta entonces el azogue (mercurio, insumo necesario para el proceso metalúrgico de la plata) tenía que ser importado; el azogue producido en Huancavelica era trasladado a Potosí para su uso en la labor minera. Al respecto Barrionuevo menciona lo siguiente:
“Por su poder altamente corrosivo el mercurio va bien acondicionado en recipientes de arcilla y cuero para no dañar el lomo de las mulas. En Cambio, los nativos partían el mineral sin protección, aspirando por nariz y boca un polvillo tóxico, con sustancias muy venenosas como el cinabrio, el arsénico, el anhidrido arenoso y los vapores mercuriales que acaban pronto con ellos. Los españoles le conocían como el “mal de las minas”, porque era incurable y de terribles efectos”. (8)
Adicionalmente Barrionuevo señala también que:
“Tanto Potosí como la Villa Rica de Oropesa que funda Cabrera, disfrutando las primicias del azogue, son objeto de censura de los propios representantes del Rey. El virrey de Montesclaros comenta que es “una estampa del infierno”. El virrey Conde de Lemos envía una carta al rey, cuando era visitador, sobre la tiranía que sufren los indios, trabajando día y noche, y sin salir de las minas hasta el sábado, terminando con una frase que es una condensación y una denuncia “No hay nación en el mundo tan fatigada, ¿Cuándo descansa?. ¿Cuándo duerme?”.(9)
Estas precarias e inhumanas condiciones de trabajo a las que fueron forzados los nativos en dichas épocas se mantuvieron con algunas mejoras en los siglos siguientes, y fueron incorporándose en el subconsciente colectivo de los pobladores andinos, constituyéndose así en un pasivo antropológico de la actividad minera; es decir , en una oposición natural hacia la minería, puesto que madres e hijos vieron como maridos y padres sufrieron las duras condiciones de trabajo, con las consiguientes enfermedades y muertes prematuras. Esta es una explicación del rechazo que se manifiesta en muchas zonas andinas ante la incursión de la actividad minera actualmente, a pesar de que viene con una gestión social y ambientalmente responsable.
Establecido ya el virreinato, y superadas las luchas intestinas entre los conquistadores, la economía de la colonia giró en torno a los encomenderos, los que además de vivir de las rentas que sus territorios les brindaban, vieron en la iniciativa privada de operar sectores productivos como el agro, la minería, el comercio y los obrajes una alternativa para incrementar sus ingresos. En este inicio de la actividad productiva en manos privadas en nuestro territorio fue la minería la que se constituyó en el sector productivo más dinámico, tal como lo manifiesta Francisco Quiroz Chueca en su ensayo incluido en el libro Historia de la Minería en el Perú:
“Precisamente, la minería fue la actividad principal de la nueva economía surgida hacia 1565 debido a que abastecía de numerario, generaba centros poblados de alto consumo que articulaban extensas zonas agropecuarias y fortalecía los lazos comerciales y fiscales con España.” (10)
El desarrollo de la minería en el virreinato se basó principalmente en los enclaves de Potosí y de Huancavelica, a diferencia de lo ocurrido en México donde se apostó a la explotación de un gran número de minas; se estima que esta decisión se basó por la alta ley de ambos yacimientos, y su gran dimensión (reservas), condiciones que generaban la facilidad de su explotación a gran escala.
Es preciso mencionar que si bien en dichos años se instituyó la gran minería en el Perú, esta convivió con la existencia de muchas minas medianas y pequeñas ubicadas a lo largo de toda la sierra peruana, las que también aportaron significativamente a la economía virreinal y española. Sin embargo a mediados del siglo XVIII los yacimientos comienzan a presentar agotamiento, lo que motivó a la Corona que estimule la exploración de nuevos yacimientos, entre los que destacó la zona minera de Cerro de Pasco. Sobre esta normatividad de la Corona Scarlett O’Phelan argumenta que:
“En este sentido hay que tener en cuenta que dentro del nuevo código de minería, de inspiración borbónica, se estimulaba no sólo la presencia de descubridores de nuevas vetas, sino también de aquellos que denunciaran sitios aparentes para establecer las oficinas y los implementos necesarias para el beneficio de los metales. Esta política era coherente con el objetivo de introducir nuevas maquinarias y nuevas técnicas que estuvo en la mira de las reformas borbónicas.” (11)
Esta nueva normatividad que impulsó la minería en territorio peruano incluyó la creación del Real Tribunal de Minería de Lima en el año 1785, entidad que promovía y controlaba la actividad minera, y que incluso prestaba dinero a los mineros para incentivar la actividad. Esta entidad fue eliminada con la fundación de la República.
Este nuevo despegue de la minería se vio interrumpido coyunturalmente por el proceso de emancipación, debido a las guerras, las ocupaciones militares de los centros mineros, y la falta de mano de obra. Sin embargo ello no dificultó que tanto los libertadores y los fundadores de la República consideraran a la minería como la alternativa prioritaria para el desarrollo económico del nuevo país, concepción que compartieron los inversionistas ingleses que estaban a la espera; es así que llega el capital inglés a Potosí, y en nuestro territorio a la rica zona minera de Cerro de Pasco.
Si bien los primeros años de la República fueron de una marcada anarquía y tuvieron a la minería como una de sus principales fuentes de ingresos, a partir de la primera mitad del siglo XIX deja su lugar al boom guanero, como producto de la gran demanda del fertilizante natural en Europa; es así que el guano desplaza a la plata como el primer producto de exportación hasta fines de la década de los 70, como detalla la Dra. Carmen Mc Evoy Carreras en su ensayo La Minería Republicana entre 1845 y 1899 publicado en el libro La Historia de la Minería en el Perú. Esta situación coincidió con una crisis de la actividad minera, la que es explicada por Mc Evoy de la siguiente manera:
“Las quejas más frecuentes de los mineros durante esta etapa se refieren a la ausencia de capitales. Los otros cuellos de botella para el despegue del sector minero eran la falta de vías de comunicación, la ausencia de tecnología y la escasez de mano de obra”. (12).
Sin embargo fue gracias a las ganancias que generó el boom guanero que el Estado peruano pudo invertir en la infraestructura necesaria para el desarrollo de la actividad minera, focalizada principalmente en el centro del país. Es así que la construcción del ferrocarril central en el gobierno del presidente Balta en 1868 a cargo de Enrique Meiggs, permitió que se deje el transporte a lomo de bestia, como detalla a continuación Mc Evoy:
“El transporte del mineral hacia la capital para su acuñación se realizaba a lomo de bestia. Existían dos rutas para el transporte Cerro de Pasco – Lima: la de Huarochirí, muy poco utilizada, y la de Canta. La distancia y lo agotador de la jornada, cuatro días a caballo, no eran el único obstáculo que tomar en consideración. El bandolerismo, factor fundamental de la falta de seguridad de los caminos, era también un impedimento que atentaba contra la movilización de los recursos mineros hacia los centros de acopio y de distribución.” ( 13)
Así, el contar con un ferrocarril trasandino permitió que se trasladen con gran prontitud y seguridad la producción de minerales de las minas de las actuales regiones de Pasco y Junín, situación que también favoreció el transporte de otros productos como el carbón y los de pan llevar. La entrada en funcionamiento del ferrocarril coincide con el decaimiento de la actividad guanera, y el nuevo relevamiento de la minería como principal actividad generadora de impuestos; sin embargo la guerra con Chile paralizó casi completamente la promoción de la actividad minera.
Los años de la post guerra fueron el escenario de un nuevo despegue de la minería nacional, luego de varias décadas en crisis. Este nuevo escenario consideró: contar con vías de transporte adecuadas; su modernización en cuanto a nueva tecnología como la fundición y la lixiviación; y una permanente actividad exploradora que permitió encontrar nuevos yacimientos: Esta etapa de nuevo despegue trajo la atención de inversionistas tanto nacionales como extranjeros. Todo ello permitió que la producción minera pasara de 423 mil libras en 1886 a 1,782 mil libras al iniciar el siglo XX (14).
El desarrollo de la minería en el siglo XX está enmarcado en la emisión de normas especializadas para el sector, y por la entrada en funciones de instituciones especializadas en el quehacer minero. Así se promulga el Código de Minería en 1900 bajo la presidencia de Eduardo López de Romaña, y que rigió por aproximadamente 50 años; este primer código fue en sí producto de la propuesta trabajada por la Sociedad Nacional de Minería, gremio empresarial fundado en 1896. Es destacable también la fundación del Cuerpo de Ingenieros de Minas en 1902, y de la “Estadística Minera” publicada en 1903. A la par se estableció el patrón de oro para nuestra economía monetaria, la que tuvo repercusiones durante 3 décadas.
La primera mitad de siglo pasado fue también testigo del surgimiento de la actividad cuprífera en nuestro país, lo que se dio como respuesta a la demanda de cobre en muchas de las grandes industrias que comenzaban a crearse tanto en Europa como en los Estados Unidos; y principalmente a su uso como conductor de la energía eléctrica. Sobre este tema el Lic. Paúl Rizo Patrón Boylan menciona lo siguiente en su investigación publicada en el libro La Historia de la Minería en el Perú:
“No es de extrañar que los países industrializados tuviesen cada vez mayor interés por explotar yacimientos importantes de cobre… Los mineros peruanos, comprometidos con el ciclo previo de explotación argentífera y aurífera y su posterior declive, empezaron a advertir la creciente importancia del cobre, cuya presencia solía ubicarse en las proximidades de las reservas de oro y plata. Algunos de los más dinámicos empezaron a invertir en la infraestructura necesaria para la extracción de mineral de cobre y en su transporte a los centros de tratamiento metalúrgico.” (15).
Es importante también mencionar que la llegada de la producción cuprífera a nivel de gran minería estuvo acompañada del arribo del capital extranjero, hecho que tiene en la fundación de la Cerro de Pasco Mining Company como un ícono en la minería peruana. Con esta presencia extranjera se incrementó la inversión tanto en infraestructura como en la de transporte (ferrocarril La Oroya – Cerro de Pasco), y en la tecnología como la construcción de la fundición de Tinyahuarco.
Si bien llegó la modernidad a la producción minera, no se solucionaron serios y antiguos problemas relativos a la mano de obra, situación que repercute en la aceptación de la actividad minera por parte de las comunidades vecinas a los centros de operación minera. Las grandes empresas extranjeras mineras, al igual que las nacionales, adoptaron el viejo sistema virreinal del “enganche” para asegurarse de la mano de obra necesaria para mantener los niveles de producción. Rizo Patrón detalla este penoso sistema de la siguiente manera:
“El enganche constituía un sistema de conformación semiforzoso de los trabajadores, contratándolos, en base a adelantos en dinero o mercadería, en sus propios lugares de origen. Se recurría a otra empresa o a un particular, que ejercía de enganchador, solicitando un número de operarios para alguna tarea y por cierto periodo. Se les hacía firmar un contrato garantizado por una o más personas.” (16)
Este sistema, que también fue empleado en la época del caucho y en las haciendas azucareras del norte del país, se mantuvo en la minería hasta mediados de siglo pasado, generando consigo un resentimiento por los trabajadores y sus familiares hacia la empresa minera y consiguientemente hacia la misma actividad minera, situación que alimentó el ya mencionado pasivo antropológico.
A la modalidad de abastecerse de mano de obra, se le debe sumar otro factor negativo, referido a las condiciones de vida del trabajador minero en los campamentos. Para ilustrarnos al respecto citamos nuevamente a Rizo Patrón respecto a campamentos del centro del país:
“Las condiciones de vida de los trabajadores mineros, en términos generales, no fueron buenas. Pese a que algunas empresas hicieron notables esfuerzos por crear campamentos dignos, muchos estuvieron en zonas inhóspitas (por ejemplo el asentamiento de Morococha, situado a unos 4,500 m.s.n.m.). Las habitaciones de los trabajadores solían ser de 4 por 4 metros que debían compartir con sus familias. Vivían prácticamente acuartelados, se abastecían en tiendas o almacenes “mercantiles” que contribuían a su endeudamiento (y consiguiente “atado” a la empresa en muchos caos) y se relajaban en las cantinas“ (17)
Estas relaciones laborales asimétricas originaron también la creación de los sindicatos en las empresas mineras, las que a lo largo del siglo pasado tuvieron un papel caracterizado por su combatividad, y tuvo en el Primer Congreso de Trabajadores Mineros del Centro realizado entre el 8 y 14 de noviembre de 1929 su partida de nacimiento.
Ya para el análisis de la segunda mitad de siglo pasado, la Dra. Margarita Guerra Martiniere identifica 3 marcadas etapas en su artículo La Minería entre 1950 y 1998 publicado como parte del libro La Historia de la Minería en el Perú de José Antonio del Busto. La primera comprendida entre 1948 y 1968 incluye la emisión del segundo código de minería, y es definida por Guerra Martiniere como aquella que:
“… corresponde a una política liberal que privilegia las actividades económicas extractivas y de exportación, vinculadas con los mercados internacionales. Asimismo se favorece el ingreso de inversionistas extranjeros de gran poder, con lo cual se asegura, hasta cierto punto, la generación de puestos de trabajo.” (18).
Esta etapa es cortada abruptamente por el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, liderado por el general Juan Velasco Alvarado. Se pretendió realizar una transformación estructural de la sociedad con una ideología denominada socialista y nacionalista, la misma que significó un cambio radical en el aparato productivo nacional; se inició un proceso de nacionalización en el agro, la pesca y hasta la banca y la industria, y consecuentemente también en el sector minero. Se nacionalizaron las empresas extranjeras (excepto la Southern Perú Copper Corporation), y la actividad minera quedó prácticamente en manos de las empresas estatales Minero Perú y Hierro Perú, y posteriormente Cetromin Perú.
Con la actividad minera en manos del Estado se invirtió muy poco en el sector; adicionalmente se fortalecieron los sindicatos mineros, los que vieron en el Ministerio de Trabajo prácticamente a un aliado. Esta época se caracterizó además por una pérdida de competitividad en el sector minero peruano en comparación de otros países vecinos como Chile.
La tercera etapa señalada por Guerra Martineiere se refiere a la más reciente, a partir de 1980, y se caracteriza por una primera etapa de tibia promoción de la actividad privada en el gobierno de Belaunde, y un nuevo ostracismo con el primer gobierno de Alan García. Es sino hasta el gobierno de Fujimori cuando se sientan las bases para el nuevo despegue del sector minero con la emisión de la nueva Ley de Minería que promueve activamente la inversión privada en el sector; así como las nuevas normas ambientales del sector que implantan estándares aplicados en países de alto desarrollo minero.
Con el gobierno de Fujimori se presenta un significativo flujo de inversión privada, tanto nacional como extranjera; se privatizan las minas hasta entonces en manos del Estado, y se dan en concesión yacimientos mineros hasta entonces no aprovechados. Es en este periodo que llegan al Perú los grandes operadores mineros; al respecto es importante conocer la posición de Pro Inversión, entidad estatal encargada justamente del proceso de privatización y promoción del sector minero:
“A finales del siglo XX, el Perú ingresa a un proceso de promoción de la inversión minera de sus principales proyectos y operaciones mineras con la finalidad del modernizar la minería e incrementar la inversión bajo el marco de leyes que promocionan la inversión privada.”
Sin embargo esta labor encontró varios puntos cuestionados por las grandes trasnacionales mineras, las que aún veían con recelo al Perú como un destino de sus recursos financieros, principalmente por la ausencia de normas claras que les permitan planificar inversiones en proyectos mineros que son de rentabilidad a mediano y largo plazo. Frente a ello Pro Inversión señala que:
“Producto de las percepciones de los inversionistas sobre los aspectos sociales y ambientales, en que no habían políticas claras sobre el manejo ambiental y por lo que no era factible invertir en el país, es que se diseña un nuevo marco regulativo ambiental, que hoy es uno de los más avanzados en la Región y que crea las condiciones para superar la percepción de minería antigua que dejó una mala imagen ambiental.”
Además de la normatividad lograda para la promoción de la inversión privada en el sector minero, es importante mencionar que Pro Inversión realizó su labor considerando puntos referidos a la construcción de relaciones de concordia que deberían establecerse entre los nuevos empresarios llegados a nuestro país, y las comunidades vecinas a los asentamientos mineros; es decir, se promueve una gestión de relaciones públicas a cargo de los nuevos operadores, enfocada en el desarrollo sostenible de sus áreas de influencia:
“Es así, que para la promoción de la inversión privada de los proyectos mineros Pro Inversión, maneja una serie de variables que tienen por finalidad desarrollar proyectos y programas sociales participativos que beneficien en el corto y mediano plazo a las comunidades y centros poblados localizados en la zona de influencia del proyecto minero, que deben seguir una secuencia acorde con la topología de proyectos en función de los niveles de pobreza y el requerimiento de necesidades de las diferentes poblaciones involucradas.” (19)
Este proceso de modernización del sector minero peruano, iniciado en el primer lustro de la década de los noventa, dio como resultado grandes inversiones materializadas en nuevas minas como Yanacocha en Cajamarca, Antamina y Pierina en Ancash, Alto Chicama en La Libertad entre otros nuevos centros mineros; adicionalmente grandes minas como Cerro Verde, Tintaya, Cerro de Pasco y muchas otras medianas pasaron a manos del sector privado, y requirieron grandes inversiones para su modernización.
El Perú actualmente vive una bonanza en el sector minero, puesto que a las nuevas inversiones que generan mayores volúmenes de inversión se le suma el incremento de los precios de los minerales a nivel mundial como producto de la demanda originada entre otras cosas por la modernización de países como China e India. Por otro lado, hay expectativas de grandes inversiones en el sector para los próximos años, resaltando el desarrollo del proyecto Toromocho en Junín, Michiquillay y Cerro Corona en Cajamarca, La Granja en Lambayeque, Majaz y los fosfatos de Bayovar en Piura y Las Bambas en Apurímac, entre muchos otros. (20)
Esta bonanza se manifiesta en la posición que logró el Perú en los últimos años: Primer productor mundial de plata, tercer productor mundial de cobre, estaño y zinc, cuarto productor de plomo y quinto productor de oro. A nivel interno este boom minero se refleja en las cifras de tributación del sector, las que pasaron de 386 millones de nuevos soles en el año 1996 a cerca de 8.5 mil millones en el 2006.(21)
Sin embargo no todo es positivo en el sector minero peruano; existe un fuerte movimiento antiminero, liderado algunas organizaciones no gubernamentales – ONG que esgrimiendo argumentos ambientalistas hacen una férrea oposición a la minería; entre estas ONGs podemos mencionar a Oxfam Américas, Survival, Observatorio de Conflictos Mineros, entre las internacionales; y a la Confederación Nacional de Comunidades del Perú Afectadas por la Minería CONACAMI, Red Muki, Cooperacción, Grufides, CEAS, entre otras entre las nacionales. Otro argumento de peso de estas ONGs en su discurso contrario a la minería es que las poblaciones de las zonas de operaciones mineras siguen viviendo en extrema pobreza, a pesar de los indicadores macroeconómicos.
Esta paradoja es tal vez el principal reto al que se enfrentan las empresas mineras modernas que desarrollan una gestión socialmente responsable, y en este proceso es que postulamos el rol estratégico de las relaciones públicas, enfocadas en generar confianza en las comunidades vecinas, y desarrollar con ellas proyectos de desarrollo sostenible que les permitan combatir eficientemente la pobreza.
NOTAS
1 Alfonsina Barrionuevo
Mito, Leyenda, Historia: La Minería en el Perú
Lima, setiembre de 2001
BHP Billiton
Pág. 3
2 Mercedes Cárdenas Martín
Minería y Metalúrgia Pre-Inca
Historia de la Minería en el Perú
José Antonio Del Busto Duthurburu
Lima, abril de 1999
Pág. 20
3 Alfonsina Barrionuevo
Op. Cit.
Pág. 4
4 Alfonsina Barrionuevo
Op. Cit.
Pág. 4
5 Carlos Gálvez Peña
Los Tesoros del Conquistador – Minría en la Primera Mitad del Siglo XVI
Historia de la Minería en el Perú
José Antonio Del Busto Duthurburu
Lima, abril de 1999
Pág. 100
6 Carlos Gálvez Peña
Op. Cit.
Pág. 104
7 Carlos Gálvez Peña
Op. Cit.
Pág. 108
8 Alfonsina Barrionuevo
Op. Cit.
Pág. 9
9 Alfonsina Barrionuevo
Op. Cit.
Pág. 10
10 Francisco Quiroz Chueca
La Minería Virreinal 1550 - 1600
Historia de la Minería en el Perú
José Antonio Del Busto Duthurburu
Lima, abril de 1999
Pág. 129
11 Scarlett O’Phelan
La Minería del Siglo XVIII
Historia de la Minería en el Perú
José Antonio Del Busto Duthurburu
Lima, abril de 1999
Pág. 241
12 Francisco Quiroz Chueca
Op. Cit.
Pág. 129
13 Carmen Mc Evoy Carreras
La Minería Republicana entre 1845 y 1899
Historia de la Minería en el Perú
José Antonio Del Busto Duthurburu
Lima, abril de 1999
Pág. 293
14 Carmen Mc Evoy Carreras
Op. Cit.
Pág. 294
15 Carmen Mc Evoy Carreras
Op.Cit.
Pág. 303
16 Paúl Rizo Patrón Boylan
La Minería entre 1900 y 1950
José Antonio Del Busto Duthurburu
Lima, abril de 1999
Pág. 294
17 Paúl Rizo Patrón Boylan
Op. Cit.
Pág. 327
18 Margarita Guerra Martiniere
La Minería entre 1950 y 1998
José Antonio Del Busto Duthurburu
Lima, abril de 1999
Pág. 330
19 ProInversión
Fideicomiso Social: Minería Responsable y Desarrollo Sostenible
Lima, Setiembre 2005
ProInversión
20 Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía
Reporte Estadístico Minero Energético Primer Semestre 2007
Lima, octubre de 2007
21 Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía
La Minería en Cifras
Suplemento distribuido con el diario Correo
Lima, abril de 2008